Siempre creí que amor era una estúpida farsa, una tontería y lo sigo creyendo. Pero como todos no puedo evitar sentir aquellas pequeñas formas de vida en mi intestino.
El otro día, nada inusual, soñé. Tuve un sueño entre estrellas y veranos pasados, en el que mis ojos y mi cabello viajaban por todas partes en la inmensidad del universo. Observé los mares y escuche voces lejanas, tenía ganas de llorar por la belleza que la soledad remarcaban. La música me inundaba con sus gigantes olas entonadas. Cerré los ojos dentro del sueño y por primera vez sentí lo que jamás había sido capaz. Sentí como si el aire en mis pulmones fuera demasiado, sentí que era mas ligera y que el tocar de la batería podría llevarme a donde yo quisiera. Lloré de la emoción, mi conmoción fue tan grande que deseé morir ahí, justo en ese momento en el que nadie podía herir ni jalar... ni amar.
No había personas, ni animales, ni dulces, ni historias... no había luz, ni libros, ni juegos... solo era amor.
Y no era el amor de él, de ella, de cualquier otro impuro individuo. Solo era amor. Me colgué de los arboles y respiré como si nunca lo hubiese hecho. Mis manos temblaban y el mundo me abrazó como si quisiera que jamás me separara de él. Y jamás lo haré.
El amanecer me sentó en sus piernas y me cepillo el delgado y oscuro cabello. Sentí su calor, su emoción. Sentí al mundo en el alma, pude comprender tantas cosas. Sabía que el sobrevivir no ayuda en nada.
Letras salían de todas partes y con su belleza hacían del mundo un mejor lugar. Palabras de amor bailaban a la par, tomadas de las manos, abrazándose y besándose con pasión. Las envidie de que pudieran demostrarse tan libre y hermosamente. Las envidié de que fueran tan bellas, las envidié por ser tan libres, tan deliberadas. Solo envidie su libertad.
Comencé a despertar, pues el mismo aire que me había paseado, ahora me hacia descender poco a poco. Luces alumbraban todo el fresco bosque en el que toqué el piso. Volví a llorar. No quería que acabara, no quería dejar de soñar y de sentir sensaciones que tal vez jamás sentiría de nuevo. Lo mas seguro era que algún día fuese anciana y jamás podría regocijarme de nuevo en los brazos de mi nuevo amante perdido. Quizá no estaba lista para abandonar el paraíso de mis sueños. Por primera vez había amado, había vuelto a tener la esperanza que creí perdida. Me sentí sola y perdida, con ganas de que alguien abrazara mi locura, la cuidara, la entendiera. Que alguien me dijera que no estaba sola. Que alguien pudiera concebir que fuese diferente, que mi personalidad me obligaba a separarme de mi ser en ocasiones para soñar cosas así. Deseé que en algún momento alguien abriera la puerta, me mirara, me besara, me mimara, me dijera lo mucho que me amaba y acariciara mi cabello como aquel día lo había echo el amanecer. Alguien que entendiera que sí, estaba loca, gritaba y mi cabeza explotaba en variadas ocasiones.
Me despedí de mi amante de aquel sueño con una sonrisa, con lágrimas en los ojos y deseando con todo el corazón algún día volver a verlo... Entonces desperté.
Desde ése día jamás lo he vuelto a ver. Comprendí que jamás lo volvería a sentir. Entonces... lloré.
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